jueves, 5 de junio de 2014

SALIR ADELANTE COMO UNA PERSONA TRANS , ES DURO... PERO SE PUEDE.



Cuando llegó a Quito, desde su ciudad, Guayaquil, tenía unos diecisiete años y estaba completamente sola, sin dinero y sin oficio. Todavía era un chico y había salido de su casa porque su mamá la única persona que la quería y la defendía tal como era, falleció de cáncer. Había tenido su primera relación en secreto con un primo del que se quedó enamorada. La muerte de su mamá la dejó desprotegida: sus hermanos querían mandarla a un cuartel militar u obligarla a meterse con mujeres en chongos. Llegó a sentirse tan hostigada que les pedía a sus amigas mujeres que fingieran ser sus novias para que sus hermanos la dejaran en paz.

En Quito vivió la crudeza del desamparo: no contar con nadie, no tener dinero ni para vestirse ni para comer. La expulsaron del Albergue San Juan de Dios acusándola de ser una mala influencia que corrompería a los demás solo por el hecho de ser un adolescente afeminado. Se quedó en la calle, mendigando monedas, comida o un lugar para dormir.

“Quise quitarme la vida cuando mi mamá murió, por el desprecio y discriminación que sentía de todos hacia mí. Cuando llegué a Quito dormí en casas abandonadas, en terminales. Me arropaba con cartones. Pedía colaboración en las iglesias, o hacer algún trabajito. Los curas se aprovecharon de mí y me hicieron que estuviera con ellos para regalarme un centavo.

Me quedé impactada una vez que un cura después de que hizo su cochinada conmigo puso una Biblia en la mesa y me hizo poner la mano encima y me dijo júrame ante la Biblia que no vas a decir a nadie que estuvimos juntos.
Y aunque se siente orgullosa de que a pesar de todo nunca se prostituyó, ni robó ni se metió a fumar base, muchas veces sí tuvo que dar su cuerpo a cambio de favores. A veces la única manera de conseguir cosas o dinero fue esa.

“A veces pensaba que si aceptaba estar con algunos hombres que querían vivir conmigo, aunque eran casados, iba a salir de tanta pobreza. Otros eran drogadictos, alcohólicos, pero para qué me iba a meter con ellos”.

Tiene 28 años y hace más o menos tres empezó a hormonizarse para lograr sus transformaciones corporales. Es vendedora ambulante de vichas en mercados. En un buen día gana diez dólares. Si no le va tan bien gana siete. Prefiere este trabajo porque es independiente y no tiene que esta por debajo de nadie, aunque sigue siendo dura la discriminación, por las groserías que le dicen en la calle. Durante mucho tiempo fue explotada en trabajos miserables, lavando platos en restaurantes mucho más allá de la jornada laboral, sin sueldo y a cambio solo de un lugar para dormir. Ha lavado ropa, ha sido cocinera. Como comerciante le va mejor, pero le encantaría hacer otra cosa. No terminó el colegio y las opciones laborales para las trans son sumamente restringidas, peor aún sin educación. Nadie las quiere contratar.

“He sido vendedora de gafas, de pastas dentales. Y a he visto en Guayaquil que los hombres son groseros con las travestis, les tiran manzanas, tomates, frutas podridas, les insulta. Yo no quisiera estar en esos casos.

En los mercados que yo voy a vender todo el mundo sabe lo que soy, porque se me nota a leguas”.
Tuvo una pareja con quien convivio seis años. Cuando habla de él recuerda que la trataba muy bien, que llegaba a la casa con comida, a veces con ropa para ella, que la hacía sentir como una mujer, y que eso a ella le encantaba. Pero al final surgió una violencia repentina, golpes, gritos, llegadas tarde, alcohol, drogas, malas amistades. El empezó a robarle dinero, a querer vender sus cosas. Entonces se separó.
Actualmente está empezando una nueva relación con todas las precauciones de sus experiencias pasadas.

Tiene miedo de entregar su corazón, de enamorarse e ilusionarse. Tiene miedo de que le hagan más daño. Y también tiene ilusiones y le gustaría ser actriz.

CHICAS OCULTAS TANSITANDO A LA LUZ.
Cuatro mujeres transgénero se enfrentan a Quito.
Por María Elena Dávila
Fotografías: Martín Jaramillo.
Publicado en Revista Q – Mayo 2010.

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